En las paredes de los templos de Saqqara y de los hipogeos del Valle de los Reyes, una figura aparece una y otra vez: cuerpo de hombre, cabeza de chacal. Anubis, el dios egipcio que pesaba el corazón de los muertos contra una pluma para decidir su destino. Lo conocemos desde la infancia, lo hemos visto en museos, libros y películas, hemos aceptado sin pensarlo demasiado que era una “deidad funeraria” y hemos pasado a otra cosa.

Quiero detenerme. No para hacer egiptología — no soy egiptólogo. Sino para hacer una pregunta filosófica que la egiptología no necesita hacerse pero un proyecto especulativo como este sí: ¿qué significa que durante miles de años los humanos imaginaran a sus dioses con cuerpo humano y cabeza animal?

No fue solo Egipto

El primer dato relevante es que esta combinación humano-animal no es una rareza local. Anubis tiene cabeza de chacal, sí, pero a su lado conviven Bastet con cabeza de gato, Horus con cabeza de halcón, Thot con cabeza de ibis, Sobek con cabeza de cocodrilo, Sekhmet con cabeza de leona, Khnum con cabeza de carnero. Egipto entero está poblado de divinidades theriomorfas durante más de tres mil años.

Salta del Nilo: en la India, Ganesh tiene cabeza de elefante y Hanuman es un mono. En Grecia, los centauros, los sátiros, las sirenas, el Minotauro. En el norte mesoamericano, las máscaras de coyote, jaguar y águila usadas en ceremonias chamánicas. En Japón, el kitsune — el zorro que toma forma humana — es protagonista de cientos de relatos. En las tradiciones de los pueblos originarios de Norteamérica, Coyote es un trickster que cambia de forma. En las leyendas nórdicas, los berserker “se convertían” en oso o lobo durante el combate. En el folclore eslavo, los volkodlak; en el persa, los div; en el chino, los espíritus zorro huli jing; en el navajo, los skinwalkers.

En culturas que jamás se cruzaron, separadas por océanos y por milenios, vuelve la misma figura: una mente que pasa entre formas.

Cuando una intuición aparece tantas veces de manera independiente, conviene tomársela en serio. No necesariamente como literatura literal, pero al menos como pista de algo que el ser humano lleva intentando decirse desde siempre.

Las explicaciones académicas

La antropología tiene varias hipótesis razonables sobre por qué aparecen estas figuras. La más extendida: en sociedades cazadoras o agrícolas, los animales eran fuerzas a la vez cercanas y misteriosas, y atribuir cualidades animales a los dioses era una forma de dotarles de poderes que el humano envidiaba — la velocidad del halcón, la fuerza del león, la astucia del zorro, la fidelidad ritual del chacal en torno a las tumbas. Otra hipótesis: las máscaras chamánicas eran instrumentos de transformación ritual, y los dioses theriomorfos serían el residuo cultural de esas prácticas. Una tercera: el animal era un “tótem” del clan, y los dioses con rasgos animales una forma de conexión con el linaje.

Todas son explicaciones funcionales y probablemente parcialmente ciertas. Pero ninguna agota la pregunta. Porque las explicaciones funcionales nos dicen por qué se inventó el símbolo, no qué decía el símbolo. Y lo que decía, leído sin condescendencia, es algo bastante preciso: la conciencia, la voluntad, la inteligencia, no son patrimonio exclusivo de la forma humana.

Lo que cambia si lo leemos en serio

Imagina por un momento que Anubis no es un símbolo metafórico, sino la formulación pre-científica de una hipótesis. La hipótesis sería esta: la mente que en este momento mira por tus ojos no está pegada irreversiblemente a tu especie. Podría, en principio, mirar por otros ojos. Podría haber mirado por otros ojos antes. Podría hacerlo después.

Es una hipótesis indemostrable hoy, claro. Pero no es absurda. La filosofía de la mente contemporánea lleva décadas discutiendo si la conciencia es sustrato-independiente, es decir, si el patrón mental podría ejecutarse en arquitecturas distintas de la biológica humana. La mayoría de los argumentos a favor del “sí” provienen de la posibilidad de migrar mentes a soportes digitales o robóticos. Pero la lógica del argumento no se limita a soportes de silicio: si la conciencia es sustrato-independiente, también podría correr en otros sustratos biológicos.

Es decir: si una mente humana pudiera, en algún futuro, instanciarse en un robot, no hay razón fundamental por la que no pudiera instanciarse — con muchísima más dificultad técnica, con todas las precauciones éticas del mundo — en otro animal.

Por qué el agua, por qué el símbolo

En el manifiesto de este proyecto hablo de un “líquido” como vehículo simbólico de esta posibilidad. Conviene aclarar que no propongo seriamente que un fluido echado al agua vaya a transferir mentes entre especies. Eso, físicamente, no funciona. Pero la elección del agua como figura conceptual no es arbitraria.

El agua es la sustancia común a casi toda la vida del planeta. Está dentro del coyote y dentro de ti. Está en el cuervo, en la mosca, en la ballena, en la planta. Si alguna vez existiera un mediador real capaz de mover información cognitiva entre arquitecturas biológicas distintas, tendría que ser tan ubicuo, tan transparente y tan fundamental como el agua. El agua, en este proyecto, es la metáfora de lo que tendría que existir entre dos mentes para que pudieran tocarse.

Anubis, leído así, sería la figura de algo que el agua simboliza: la posibilidad de paso, de tránsito, de continuidad de una mente a través del límite que normalmente entendemos como infranqueable.

Una nota ética que nunca debe faltar

Si esta lectura se toma en serio aunque sea solo como hipótesis, hay que pagar el precio ético que conlleva. Y el precio es enorme.

  • Una mente humana en cuerpo animal — incluso suponiendo que la tecnología existiera, cosa que no — implica que algún animal cede su cuerpo. Los animales no consienten en el sentido humano. Cualquier programa serio en esta dirección tendría que partir de protocolos de bienestar animal mucho más estrictos que los que hoy existen, y aceptar honestamente que en el límite hay decisiones que un humano toma por un sujeto que no puede aceptar ni rechazar.
  • La inversa — una mente animal en cuerpo humano — abre preguntas todavía más vertiginosas: ¿qué hace un animal que de pronto puede hablar nuestro lenguaje? ¿Sigue queriendo lo mismo? ¿Querer es una palabra que se le aplica?
  • Y si la transferencia es bidireccional o “intercambio”, la mente animal “desplazada” durante el proceso es un problema sin nombre. No tenemos vocabulario para lo que pasaría con ella.

Estas preguntas no son menores y no se resuelven con buenas intenciones. La emoción de la posibilidad no debe taparlas. Cualquier desarrollo real en este sentido — si llegara — debería empezar por reconocer al animal como sujeto, no como envase.

Por qué escribirlo a pesar de todo

Llegado a este punto un lector razonable podría decirme: pero todo esto es ciencia ficción, y mala. Hoy no tenemos ni idea de cómo capturar el contenido subjetivo de un cerebro humano, mucho menos cómo trasladarlo a otra especie. ¿Para qué pensar en esto?

Para varias cosas. Primero, porque pensar lo aparentemente imposible es una de las formas en que históricamente se han preparado las posibilidades reales. Hace 200 años volar parecía imposible y hace 100 ir a la luna también. No estoy diciendo que esto vaya a ser posible. Estoy diciendo que pensarlo en serio nos prepara mejor por si lo es.

Segundo, porque la pregunta filosófica que abre — ¿está la mente ligada a la especie? — es interesante por sí misma, exista o no la tecnología para responderla empíricamente. Las viejas mitologías ya intuyeron que la respuesta podría ser no. Vale la pena darles ese crédito.

Y tercero, porque si esta posibilidad se mira con la ética en la mano y el rigor en el pensamiento, cambia algo importante en cómo nos relacionamos con el resto del planeta. Cuando uno acepta como hipótesis legítima que la mente del coyote podría algún día expresarse en términos que entendamos, deja de ver al coyote igual. La empatía entre especies, hoy abstracta, se vuelve una posibilidad concreta. Y eso es valioso aunque la tecnología nunca llegue.

Anubis no es solo el dios funerario que pesa los corazones. Es también, leído desde el siglo XXI, una pregunta abierta sobre lo que significa ser una mente.

El egipcio que pintó por primera vez esa figura no podía saber que tres mil años después un señor cualquiera escribiría sobre ella en una pantalla iluminada. Pero la figura sigue ahí, y sigue diciendo lo mismo: no estamos seguros de que ser humano sea la única forma de ser.

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