Imaginen esto: construir enormes naves espaciales, gastar cantidades ridículas de recursos en mantener sistemas que simulen gravedad, atmósfera, comida, agua… todo para enviar un cuerpo biológico al espacio. ¡Un cuerpo que no puede soportar ni unos pocos días sin radiación, sin oxígeno o, peor aún, sin Wi-Fi! ¿De verdad creemos que esa es la solución para explorar el cosmos?
La biología, aunque fascinante, es un obstáculo innecesariamente complicado para viajar más allá de la atmósfera terrestre. ¿Por qué aferrarnos a un organismo frágil que envejece, se enferma y necesita comida cada pocas horas, cuando podemos simplemente digitalizar nuestra esencia? ¿Por qué perder tiempo construyendo naves para un cuerpo que ni siquiera puede sobrevivir al viaje a la estrella más cercana sin un arsenal de soporte vital?
Con nuestra propuesta de la mente digitalizada, no hay necesidad de preocuparnos por esas nimiedades. ¿Radiación espacial? ¿El vacío interestelar? Sin problemas para un ser cuya conciencia reside en datos puros. En lugar de gastar décadas viajando a velocidad subluz, esperando que el cuerpo biológico no se desmorone en el camino, un individuo digital puede ser transmitido como un rayo de luz. A años luz, sí, pero llegaríamos en un suspiro cósmico. Sin pesadas cápsulas, sin preocupaciones por las provisiones, y, lo mejor de todo, sin jet lag.
Además, ¿de qué sirve enviar a un humano al espacio si su cerebro sigue pensando en necesidades tan básicas como “¿qué cenaré hoy?”? La mente digitalizada, en cambio, se dedicará a explorar, analizar y crear sin distracciones. Los sueños de colonizar las estrellas finalmente tendrán sentido, porque no estaremos enviando cuerpos a morir en Marte; estaremos proyectando constelaciones de mentes que brillarán en el cosmos, haciendo del universo su hogar.
Así que, ¿viajar al espacio en forma biológica? Dejemos esa idea en el pasado, junto con los caballos y los telégrafos. La humanidad tiene una mejor forma de trascender: como luz, como datos, como constelaciones que iluminarán la inmensidad del cosmos. Porque, al final, el futuro no pertenece a quienes se aferran a lo biológico; pertenece a quienes abrazan lo eterno.

